Son las 2 de la tarde. Se acerca con su silla de ruedas al aula 106 en la Facultad de Filosofía. Para ingresar se dirige hasta la parte trasera de la Facultad por donde el asfalto hace rodar su silla sin problema. Hay mucha gente en el camino, inclina y eleva la cabeza, siempre con una leve sonrisa como intentando conquistar a los que por ahí transitan. En su interior parece que les desea un buen día y les agradece, aunque ni siquiera le ofrezcan una mirada; eso no le importa, ni siquiera a Rosa, su madre y guía en su trayectoria y jornada estudiantil habitual; autos, asfalto deteriorado o personas, Rosa siempre la conducía esquivando cualquier obstáculo para dejarla en el lugar donde ella anhelaba escribir, en la Universidad.
Al ingresar a su aula saluda con dos
amigas, mientras que Rosa alista su mesa especial ubicada en la primera fila. Coloca
sus libros en el compartimiento de la derecha, y un cuaderno morado en la parte
frontal para que Patricia plasme su talento. Luego le da de beber un poco de
agua. Minutos después ingresa su profesora, muy atenta escucha sus primeras
palabras. Ahora Pachi, como así la conocen, cambia la hoja de su cuaderno con su
mejilla derecha y alcanza el esfero asentado en su mesa con la ayuda de su boca;
debido a una
discapacidad física que le impide el movimiento normal de sus manos y piernas. Pero
escribe, y asegura que aunque a la gente se le hace raro ver a alguien con una discapacidad que
estudie en su Facultad, aun
así lleva una vida lo más normal posible además dice que estudia para que la
admiren, para superarse y para que no le tengan lastima. Un gran reto según
confiesa Patricia es cuando necesita algo de su mochila y nadie la ayuda pero
se resiste a pedirlo y todo porque no le gusta, quiere ser independiente. ¡Soy
inteligente y linda como para quedarme en casa! Pero no le interesa buscar
novio.
Durante su clase, siempre se
mantiene sonriente, su cara tiene rasgos marcados, una nariz ancha, ojos
grandes. El día que la conocí llevaba un suéter negro, un jean azul y unos
zapatos de cuero, sus uñas no estaban pintadas y en la cintura llevaba una
pequeña cartera donde guarda sus monedas y su celular.
Su jornada transcurría normal. Todo
era cuestión de esperar mientras la inesperada lluvia caía en el lugar. Al finalizar sus clases, 6 pm, Patricia sale
de su aula empujada por uno de sus compañeros. Cuando Rosa aparece decide
llamar a su esposo. Madre e hija acostumbran a dirigirse hasta su casa, como
dicen “caminando”, pero esta vez la lluvia no las dejaba.
Gonzalo, su padre, las esperaba
en su camioneta doble cabina al interior de la Universidad. Saludan. La
excepcional estudiante deja su silla y es cargada por su madre hasta el asiento
delantero de la camioneta mientras Gonzalo enfunda la silla de ruedas con un
plástico negro para protegerla de la
lluvia.
Patricia prefiere ir a su casa
para conversar más tranquilos. Silenciosa, y con la camioneta en marcha escucha
atenta hablar a sus padres del pesado tráfico de la hora.
Al llegar, Rosa carga a su hija
para ingresar hasta su hogar. Una pecera en la entrada da la bienvenida. Vive
en el primer piso de una casita sencilla del barrio “El Herrero”. Tiene dos
hermanas y un hermano. Al llegar, Alejandra, su hermana de 16 años, sale a
recibirla inmediatamente, su madre se retira a una reunión catequista de su
parroquia y Juan va al trabajo; una tienda de abarrotes en la misma casa.
En su hogar todo esta ordenado, una gran mesa llena de
libros, espátulas y pinturas ocupan la mayor parte de su sala. Patricia
comparte la habitación con sus hermanas, junto a la cocina y al dormitorio de
sus padres. Cuenta que esta leyendo el libro “Escribir en la Universidad”,
regalado como recuerdo de su profesor favorito cuando ingreso a la Universidad
por primera ves. En su mesa especial reposa un diccionario bilingüe, la noche
anterior tenia un deber de ingles, pues para Patricia nada es suficiente, ahora
esta estudiando ingles y alemán como para ser más en la vida. Sobre la mesa
también yace un cuadro, aquel retrato figura un nacimiento, una estrella, una
flor y unos indígenas dando el toque de su identidad cultural y religiosa. Con
su boca y con la técnica de la espátula pinta con oleo desde los nueve años, cada
cuadro esta en su imaginación. Pero se especializa en la fantasía y en la
religión, en la pared de su casa cuelgan varios cuadros navideños, dice que en
diciembre concursó en una muestra de pintura, ella ganó. Se aferra a la pintura
y a la lectura con una frase “ser
diferente no está mal y mirar los
problemas desde otro ángulo es la solución”. Mientras que suspira y balancea su silla cuando Alejandra
se acerca para llevar hasta su boca una
taza de café.
Nunca abandona su sonrisa y su meta, dice, es estudiar,
graduarse, sacar un posgrado y ser una excelente pintora. No se desespera por
un hombre, es muy joven, aclara. Cuando son casi las 9:00, Patricia decide
descansar. Su multifacética vida la esperaba al siguiente día. Antes de
despedirse, con una gran sonrisa lanza un mensaje: No nos quedemos en la
mediocridad, no nos quedemos con poco, no seamos conformistas.

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